Legado Quijote en Valdepeñas: vino, cocina y autoestima como relato de identidad manchega

Crónica personal de la sesión de “Legado Quijote” celebrada el 11 de diciembre de 2025 en el Museo del Vino de Valdepeñas.

Ayer, en el Museo del Vino de Valdepeñas, volví a comprobar algo que en Ciudad Real debería estar escrito en las puertas de las bodegas, en los fogones de las cocinas y en la memoria de quienes contamos historias: el vino y la gastronomía no son un acompañamiento cultural. Son identidad. Son lenguaje. Son una manera de vivir y de explicarnos. Quien nos conoce, sabe que esos días plomizos, de lluvia y frío, para otros son días aciagos y para el manchego es «un buen día de gachas»

Por eso tenía todo el sentido que el programa “Legado Quijote” aterrizara aquí con una sesión dedicada al vino y al yantar, con alumnado del IES Gregorio Prieto como protagonista y con un objetivo que, dicho así, parece sencillo, pero es enorme: poner en valor nuestra tierra y “generar autoestima” a través de lo que somos capaces de producir, cocinar y comunicar.

Estas jornadas impulsadas por la Diputación Provincial de Ciudad Real, no solo suman actos a un calendario: construyen un relato, es un hilo que une literatura, territorio, formación, emprendimiento, gastronomía y vino. Y eso, en una provincia que a menudo ha tenido que luchar contra el tópico de “tierra de paso”, no es poca cosa.

El Quijote empieza en la mesa: y ahí ya está todo

Siempre me ha fascinado que Cervantes, pudiendo arrancar su novela con espadas, gigantes o gestas, elija empezar con un menú, sí, justo después de «en un lugar de la La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» nos relata el menú semanal del protagonista Alonso Quijano. Olla, salpicón, duelos y quebrantos, lentejas, algún palomino… No es solo costumbrismo: es una radiografía social de La Mancha del Siglo de Oro. Una fotografía de economía doméstica, de religión, de campo y de supervivencia.

En esa lectura, el vino aparece como lo que fue durante siglos: alimento, placer y medicina en el imaginario popular. Se ha contado, y lo recordamos en la sesión, que en el Quijote el vino aparece mencionado hasta 43 veces y que, en un momento especialmente simbólico, se pregunta por su procedencia con una frase que nos toca de cerca: “¿Este vino es de Ciudad Real?”. Más allá del detalle filológico, la idea de fondo es rotunda: la reputación del vino estaba presente en el relato y formaba parte del paisaje mental de la época.

Cuando enlazamos literatura y mesa, ocurre algo muy bonito: lo que parece “de siempre” deja de ser rutina y se convierte en patrimonio, el patrimonio, cuando se cuida, se defiende mejor.

Valdepeñas: viña, arraigo y comunidad

Hablar de vino en Ciudad Real es hablar de paisaje, pero también de personas. La viña fija población, crea arraigo, obliga a mirar el mismo suelo durante generaciones. En una tierra de poca agua, la vid ha sido una forma de inteligencia colectiva: aprender a vivir con lo que hay, sin renunciar a la calidad de vida ni al orgullo de lo propio.

Y si hay un lugar donde esa relación se entiende sin necesidad de grandes discursos es Valdepeñas. Su museo no es solo un edificio: es un recordatorio de que el vino aquí no es moda, es memoria, pasado presente y futuro. Por eso el escenario era perfecto para una jornada que, en el fondo, hablaba de futuro: de cómo comunicar bien lo que tenemos para que se valore más, se visite más y se respete más.

María Morales: comunicar y cocinar con verdad

Compartir la sesión con María Morales fue, además, un lujo. En el escenario, y fuera de él, María tiene virtudes que hoy marcan la diferencia: claridad para contar, sentido para cocinar y una forma de defender su cocina que no se apoya en fuegos artificiales, sino en algo más difícil: la verdad del producto y del origen.

A muchos les sonará por su paso por MasterChef, pero lo más interesante es lo que ha construido después: una voz propia, una visión de la cocina manchega y contemporánea que reinterpreta, pero sobre todo respeta. Su frase, repetida y aplaudida, lo resume todo: “Reinterpretar, no clonar”. Es decir: evolucionar sin traicionar.

Yo lo digo también desde lo vivido: he podido comprobar en dos ocasiones, en su restaurante Esencia, que esa capacidad suya para comunicar no es un personaje. Está en cómo explica un plato, en cómo mira el producto, en cómo transforma una receta tradicional sin romper su alma. Y eso —cocinar y contar a la vez— es una herramienta poderosísima para cualquier territorio que quiera posicionarse. Qué gran suerte tenemos de que María sea de Tomelloso y no de cualquier otra provincia.

 

Tres ejemplos que lo explican todo: plato, vino y relato

En la parte final de la sesión bajamos la teoría al terreno práctico de la forma más útil: no hubo un maridaje físico en mesa, sino una propuesta didáctica con tres ejemplos de platos típicos y la explicación razonada de su maridaje. El objetivo era mostrar cómo el vino puede acompañar y realzar, y cómo un plato tradicional —bien entendido— puede convertirse en el mejor embajador de una comarca.

  • Migas manchegas + Corambres de Selección Lucendo, un cencibel de corte moderno: En una cocina de aprovechamiento, las migas pueden que sea la mayor representación, pues cocinaban el pan cuando estaba tan duro que no se podía comer, y el vino que formaba parte de la alimentación, con un cencibel» del lugar, de viñedos que representan la historia de Valdepeñas.
  • Gachas + Orange Wine de Pies Viejos Airén. Hablar de gachas en la mancha es casi hablar de religión gastronómica. Si que es cierto que hay que ampliar el foco para que quien no es de aquí lo entienda. Las gachas no es solo una comida, es un hábito, una costumbre que se comparte, porque las gachas, se comen del perol y en compañía. Para este plato tan típico, elegí un vino y una variedad que van a la par. Hablar de airén es hacerlo de vino manchego y el estilo «orange» (macerado con las pieles) no deja de ser una recreación moderna de lo que se hacía antiguamente, cuando la turbidez del vino era lo normal.
  • Caldereta manchega + José Manuel Corrales Viñas Viejas. intensidad con intensidad, estructura con estructura, prestigio con prestigio. El cordero manchego nunca ha sido barato, ahora menos que nunca, pero es nuestra carne estrella. Con él se elaboran muchos platos pero la caldereta es universal, que también, como los dos platos anteriores, hay que saber elaborar. Para esta comida de festivo, elegimos el que probablemente hoy se el mejor vino que se elabora en Valdepeñas. José Manuel Corrales, enólogo orinundo, ha sabido traer toda su experiencia de elaboración de grandes vinos en la Ribera del Duero a su pueblo natal, y así, se ha convertido en un tinto de culto, dentro y fuera de nuestra región.

Lo importante de estos ejemplos no era la receta exacta, sino la idea: cuando plato y vino se entienden, cuentan quiénes somos. Y cuando lo contamos bien, se genera valor. Cultural, turístico y económico.

Otra de las conclusiones a las que llegamos María y yo es que se trata de una cocina más de corazón que de cabeza: nace del saber hacer y de la comprensión del producto, más que del alarde técnico. Son platos que han pasado de generación en generación, sostenidos por un recetario que no está solo en los libros, sino en la memoria de las casas, y que forma parte de nuestra cultura popular.

 

“Poner en valor nuestra cocina y vinos es poner en valor nuestra identidad y territorio”

En una provincia como la nuestra, hay frases que deberían quedarse. El alcalde de Valdepeñas, Jesús Martín, lo expresó con una claridad que explica por qué estas jornadas importan: “Poner en valor nuestra cocina es poner en valor nuestra identidad”. Y añadió algo aún más revelador: que difundir todo eso no es para sentirnos “mejores”, sino para no perder autoestima, porque “esta tierra tiene muy poquita autoestima porque es tierra de paso”.

Ahí está el corazón del asunto. El vino y la gastronomía no solo generan negocio: generan orgullo compartido. Y el orgullo —cuando es sereno y bien fundamentado— empuja a mejorar, a cuidar el producto, a formarse e innovar.

Agradecimiento a la Diputación y a María Jesús Pelayo

Quiero dejar por escrito un reconocimiento y un agradecimiento a la Diputación Provincial de Ciudad Real y, de manera especial, a su vicepresidenta primera, María Jesús Pelayo, por poner en marcha y sostener estas jornadas que ayudan a promocionar y poner en valor nuestra provincia, y a “generar autoestima” en distintos sectores.

En las crónicas de estos días se insiste en esa intención: llevar cultura, pensamiento y formación a toda la provincia; reivindicar el trabajo de viticultores, hosteleros, formadores y comunicadores; y usar el legado cervantino como un motor de identidad territorial. Ese enfoque —cultura aplicada al territorio— es, hoy, una forma inteligente de hacer provincia, de vertebrar territorio.

de I-D: María Morales, Jesús Martín, María Jesús Pelayo, Joaquín Parra, Vanessa Irla

Que “Legado Quijote” dure muchos años

Me quedo con la imagen final: jóvenes de hostelería escuchando hablar de Quijote, de cocina, de vino, de relato, de futuro. Me quedo con esa sensación de que lo nuestro, cuando se cuenta bien, no es pequeño. Y me quedo con un deseo que compartimos muchos al salir: que “Legado Quijote” continúe muchos años más.

Porque Ciudad Real tiene productos, talento y un embajador universal. Lo que toca ahora es seguir conectando puntos: viña con mesa, mesa con cultura, cultura con turismo, turismo con oportunidades. Y, sobre todo, seguir creyéndonos —con hechos— que aquí hay mucho que celebrar.

 

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