Las 7 bodegas que ya pueden descorchar sus vinos para celebrar que su selección es campeona del mundo sin necesidad de esperar a que se juegue la final

Por Joaquín Parra Wine Up!. 16-07-2026

España y Argentina se disputan la final del Mundial de fútbol, pero en el vino llevan jugando en el mismo equipo desde hace décadas. Siete grupos, familias y proyectos bodegueros han cruzado el Atlántico para elaborar en los dos países. Y lo hacen sin que la identidad de cada vino se resienta, porque cuando hay viñedo, oficio y ganas reales de entender el territorio, las fronteras importan poco.

España y Argentina se enfrentan el 19 de julio en Nueva York. Dos camisetas, dos himnos, un solo trofeo. Argentina buscará su cuarto título y el segundo consecutivo; España, su segunda estrella tras la de 2010, por cierto, gracias al gol de un manchego.

En el vino, este partido empezó mucho antes.

Bodegueros, enólogos, inversores y familias vitivinícolas llevan años viajando en las dos direcciones, cruzando experiencia y sensibilidad. Algunas empresas españolas encontraron en Mendoza, Patagonia o el Valle de Uco paisajes nuevos donde levantar sus proyectos. Al mismo tiempo, una generación de elaboradores argentinos ha llegado a Rioja, Bierzo, Ribeiro, Navarra, Galicia o la Sierra de Gredos con una mirada distinta.

No se trata de decidir quién elabora mejor. Tampoco de calcar una receta de un hemisferio al otro. Lo interesante es ver cómo una misma persona, familia o grupo es capaz de leer territorios completamente distintos sin perder su forma de entender el vino.

En fútbol sería el partido de ida y el de vuelta. En viticultura hay además una ventaja que no tiene el deporte: trabajar en los dos hemisferios permite vivir dos vendimias en un mismo año. Dos oportunidades para observar, corregir y volver a empezar.

Esta es la alineación de siete proyectos que, gane quien gane la final, ya pueden considerarse campeones del mundo.

Siete bodegas que elaboran vino en España y Argentina

Las siete bodegas que aparecen en este artículo tienen algo en común: producen vino tanto en España como en Argentina, combinando tradición, innovación y una visión internacional del viñedo.

  1. Raventós Codorníu y Bodega Séptima: del cava a los Andes

Pocas familias representan tan bien la continuidad del vino español como Raventós Codorníu, con una trayectoria que arranca en 1551 y un nombre inseparable del cava y de Sant Sadurní d’Anoia. Pero el grupo entendió hace tiempo que su futuro no podía depender de un solo territorio ni de una sola categoría.

El salto a Argentina llegó a finales del siglo XX. En 1999 el grupo eligió Agrelo, en Luján de Cuyo, Mendoza, para levantar Bodega Séptima, inaugurada en 2001. El nombre venía de su posición dentro del grupo: era su séptima casa vitivinícola.

No fue casualidad. Agrelo es una de las zonas históricas del malbec y el cabernet sauvignon argentinos. La cercanía de los Andes, la altitud, la amplitud térmica y la escasez de lluvias eran condiciones muy distintas a las que el grupo conocía en Cataluña, Rioja o Ribera del Duero.

Séptima tiene alrededor de 150 hectáreas plantadas en Finca Emblema y trabaja también con viñedos del Valle de Uco. La bodega, de más de 5.000 metros cuadrados, se construyó siguiendo la «pirca», el sistema tradicional de muros de piedra de los pueblos andinos. Su capacidad ronda los tres millones de botellas al año.

Elías López Montero en la Patagonia Argentina
  1. Verum: de Tomelloso a la Patagonia argentina

El caso de Bodegas y Viñedos Verum es, para mí, uno de los más singulares de esta lista. No nace de la estrategia de expansión de una gran corporación, sino de la curiosidad y la vocación viajera de una familia profundamente ligada a Tomelloso.

Verum pertenece a la familia López Montero, heredera de una tradición que se remonta a finales del siglo XVIII. Desde Castilla-La Mancha, la bodega ha construido un discurso propio: recuperación de variedades, viñedos históricos, tinajas, y una búsqueda constante de precisión en los suelos y el clima manchego.

Elías López Montero, enólogo y director técnico, es una de las figuras que más ha hecho por cambiar la percepción de los vinos de Castilla-la Mancha. Su trabajo con airén de viñas viejas, cencibel, garnacha, graciano y variedades minoritarias demuestra que Castilla-La Mancha da vinos con identidad, frescura y capacidad de guarda cuando se parte de un buen viñedo y se trabaja sin complejos.

La aventura argentina empezó casi de película. En un viaje comercial la familia descubrió que existía otra bodega que tenía vinos etiquetados bajo la marca Verum. Lo que podría haber terminado en un conflicto de marcas acabó siendo una colaboración y, más tarde, un proyecto compartido a los dos lados del Atlántico.

Verum Patagonia está en General Fernández Oro, en el Alto Valle del Río Negro. Es una región histórica de fruticultura, marcada por los ríos Negro, Neuquén y Limay, donde el agua que baja de la cordillera permite cultivar en un paisaje casi desértico.

Frente a la continentalidad extrema y la insolación manchega, la Patagonia ofrece latitudes más australes, noches frías, viento constante y ciclos de maduración largos. Allí el pinot noir, el malbec y el cabernet franc se expresan de otra manera: más tensión, fruta fresca, acidez.

Verum es un modelo de internacionalización que me parece especialmente honesto porque no busca imponer una marca global, sino abrir un diálogo entre dos regiones alejadas de los grandes centros de prestigio vitivinícola.

Tomelloso y el Alto Valle del Río Negro comparten, además, una condición periférica que se convierte en fortaleza: son territorios donde el vino no puede vivir solo de la reputación histórica. Tiene que demostrarlo en cada botella.

 

  1. Familia Michelini: una selección argentina jugando en toda España

Hablar de la Familia Michelini es hablar de una de las sagas más inquietas del vino argentino actual. Más que un grupo empresarial, es una constelación de enólogos y proyectos unidos por el parentesco, la amistad y una forma muy personal de mirar el viñedo.

Los Michelini han sido decisivos en la transformación del Valle de Uco. Sus vinos ayudaron a que el debate sobre el malbec argentino dejara de girar solo en torno a la madurez y la concentración, y empezara a hablar de altitud, suelos, orientación y expresión de parcela.

Lo llamativo es que esa inquietud no se quedó en los Andes. Distintos miembros de la familia tienen proyectos en varias regiones españolas, cada una con su carácter.

Matías Michelini trabaja en Ribeiro y también en Navarra, junto a Viña Zorzal. Gerardo Michelini y Andrea Mufatto elaboran en Bierzo. Manu Michelini participa en Dominio del Challao, uno de los proyectos emergentes de Rioja.

La diversidad de destinos dice mucho. Ribeiro es un paisaje atlántico, fragmentado, con treixadura, lado, loureira o brancellao. Bierzo pone al elaborador frente a la mencía, la godello, las pizarras y un viñedo viejo dividido en mil parcelas. Navarra da garnacha, altura y diversidad climática. Rioja obliga a dialogar con una de las denominaciones más reconocibles del mundo.

Los Michelini no vienen a España a reproducir los vinos de Mendoza. Vienen con una forma de preguntar: qué cuenta el suelo, cuánto peso debe tener la extracción, cuándo basta la madurez, hasta dónde puede retirarse la mano del enólogo para dejar hablar al paisaje.

En términos de fútbol no son un solo club. Son más bien una cantera entera, capaz de adaptarse a distintos sistemas de juego sin perder su seña de identidad.

 

  1. Catena-Vigil: Mendoza conquista una viña legendaria de Gredos

Si hay un apellido inseparable del prestigio internacional del vino argentino, es Catena. La familia ha sido clave en la investigación de la altitud, la selección de parcelas y la llegada del malbec al grupo de las grandes variedades del mundo.

A ese legado se suma Alejandro Vigil, enólogo, viticultor y socio de Adrianna Catena en El Enemigo. Sus proyectos en Mendoza unen profundidad técnica y una forma de comunicar el vino menos solemne, y han dado lugar a algunas de las etiquetas argentinas más reconocidas fuera de su país.

El salto a España se ha producido en uno de los territorios más deseados por la nueva generación de elaboradores: la Sierra de Gredos.

Adrianna Catena y Alejandro Vigil compraron El Reventón, un viñedo que había trabajado antes Dani Landi y que se convirtió en referencia dentro del movimiento de recuperación de la garnacha de Gredos.

La elección tiene sentido. Mendoza y Gredos son distintos, pero comparten algo: la altitud manda, los viñedos viven bajo condiciones exigentes, el agua es un factor crítico y leer el suelo es imprescindible para entender el vino.

En Mendoza, Catena y Vigil han demostrado que una misma variedad cambia radicalmente según la altura, la exposición y la geología de cada parcela. En Gredos aplican esa misma mirada a viñas viejas de garnacha sobre granito.

La llegada de Catena-Vigil a España tiene también su peso simbólico. Durante mucho tiempo, el capital y el conocimiento vitivinícola viajaron sobre todo de Europa hacia América. Ahora uno de los nombres más reconocidos de Argentina compra y recupera viñedo histórico español.

El Nuevo Mundo ya no viene a aprender del Viejo Mundo. Viene a hablar con él de tú a tú.

viñedos en la sierra de Gredos

 

  1. Sogrape y Finca Flichman: una multinacional ibérica con acento argentino

Sogrape es distinto porque no es un grupo español, sino portugués. Pero su presencia en España es tan amplia que forma parte del paisaje vitivinícola nacional sin discusión.

La compañía, fundada en 1942 por Fernando van Zeller Guedes, sigue siendo familiar y tiene bodegas y marcas en Portugal, España, Argentina, Chile y Nueva Zelanda, con presencia comercial en más de 120 mercados.

En España trabaja en Rioja, Ribera del Duero, Rías Baixas, Rueda y Jerez, entre otras zonas. Su cartera incluye LAN, Santiago Ruiz, Viña Mayor, Marqués de Burgos, Aura y Sandeman.

Su presencia en Argentina se articula sobre todo a través de Finca Flichman, una casa histórica de Mendoza que nació a comienzos del siglo XX. La compra de esta bodega en 1998 fue la primera gran inversión productiva de Sogrape fuera de Portugal. Hoy el grupo declara más de 330 hectáreas en Argentina y exporta buena parte de su producción.

Finca Flichman le permite a Sogrape trabajar con malbec, cabernet sauvignon y otras variedades internacionales en zonas como Barrancas, en Maipú, y el Valle de Uco. Con esta bodega no solo amplió el catálogo: se ganó una plataforma estratégica en uno de los grandes países productores del hemisferio sur.

Sogrape juega este partido con plantilla internacional. Su fuerza no está solo en tener bodegas en varios países, sino en mantener marcas con historias y públicos muy distintos entre sí.

La clave, como en los grandes equipos, es que el tamaño del grupo no acabe tapando la personalidad de cada jugador.

Bodegas LAN en La Rioja

 

  1. Grupo La Navarra y Belasco de Baquedano: ocho generaciones entre Navarra y Mendoza

La familia Belasco cruza el Atlántico de otra manera. Su historia arranca en Navarra, ligada tanto al vino como a los licores y destilados.

Grupo La Navarra es una compañía familiar de capital español con orígenes en 1831. En ocho generaciones ha construido un conjunto de bodegas, viñedos y marcas de bebidas espirituosas.

La expansión vitivinícola llegó fuerte en las últimas décadas del siglo XX. En 1992 compró Bodegas Marco Real, amplió después su patrimonio de viñedo en Navarra y Toro, creó Señorío de Andión y sumó nuevos proyectos en otras denominaciones españolas.

En 2003 empezó la construcción de Belasco de Baquedano en Mendoza, uno de los proyectos argentinos de capital español más reconocibles. Más tarde la familia sumaría también una bodega en Rioja.

Belasco de Baquedano está en Agrelo, Luján de Cuyo, uno de los grandes territorios históricos del malbec. Nació con la idea de elaborar vinos de alta gama a partir de viñas maduras y mostrar distintas caras de la variedad emblema argentina.

La familia llegó a Mendoza con la experiencia de Navarra a las espaldas, una región que también conoce bien la diversidad de climas y la convivencia entre tradición e innovación.

En esta alineación, los Belasco serían ese club que se construye desde la cantera: cambia el estadio, cambia la competición, cambian las variedades, pero la propiedad y el apellido se mantienen.

Viñedos en Navarra
  1. Vinos de la Luz: un grupo nacido con vocación transatlántica

Vinos de la Luz es quizá el ejemplo más claro de proyecto pensado desde el principio en clave internacional. Presidido por el empresario de origen argentino Ricardo Fernández Núñez, el grupo ha tejido una red de bodegas y marcas en España, Argentina y otros países productores.

En Argentina, su implantación principal está en el Valle de Uco, Mendoza, a través de Callejón del Crimen y sus instalaciones en Tunuyán. Es una zona marcada por la altitud, la cercanía de los Andes y una diversidad de suelos que ha hecho de Vista Flores, Los Chacayes, Gualtallary o Paraje Altamira referencias internacionales.

En España está presente en Ribera del Duero, Cigales, Rueda y Rías Baixas, con proyectos como La Luz del Duero, en Peñafiel; La Luz de Cigales; y Señorío de Rubiós, en As Neves, dentro de la DO Rías Baixas.

Con tanta geografía, el riesgo sería homogeneizar los vinos. El reto, precisamente, es el contrario: construir una identidad corporativa sin borrar la de cada origen.

Vinos de la Luz no entiende la internacionalización como exportar una única marca, sino como armar una colección de bodegas unidas por una dirección común. Se parece más a una liga que a un solo equipo.

 

España y Argentina: una rivalidad que en el vino se juega en el mismo equipo

Estos siete casos muestran una relación vitivinícola entre España y Argentina que ya es adulta.

En una primera etapa, las familias españolas llevaron a América variedades, saber hacer y formas de cultivo. Con las generaciones, Argentina construyó su propia identidad, adaptó la vid a la altitud e hizo del malbec una bandera nacional.

Ahora el viaje va en las dos direcciones.

Empresas españolas invierten en Mendoza y Patagonia mientras enólogos argentinos recuperan viñedos en Gredos, Bierzo, Ribeiro, Navarra o Rioja. A veces responde a una estrategia empresarial. Otras, al hallazgo de una parcela, una amistad, una oportunidad, o simplemente a la necesidad de enfrentarse a un paisaje nuevo.

Lo interesante es que ninguno de estos proyectos debería juzgarse solo por la nacionalidad de quien lo firma. Un vino no es argentino porque lo haga un argentino, igual que no es español porque pertenezca a una familia española.

Un vino pertenece, antes que nada, al lugar donde nace.

La propiedad viaja. El enólogo cambia de hemisferio. La experiencia se traslada. Pero el suelo, el clima, la altitud, la variedad y la historia del viñedo no admiten fichajes ni pasaportes.

Ahí está la lección de estos proyectos: la globalización del vino no tiene por qué acabar en uniformidad. Bien entendida, sirve más bien para entender mejor las diferencias.

 

Una final en la que el vino ya ha ganado

El 19 de julio, España y Argentina saldrán al campo sabiendo que solo una selección levantará la copa. Habrá ganadores, perdedores y análisis para rato.

En el viñedo el marcador funciona de otra manera.

Cuando una familia española recupera una viña en Mendoza, cuando un enólogo argentino interpreta una parcela de garnacha en Gredos o cuando una bodega manchega encuentra en la Patagonia una segunda casa, no hay un país que gane a costa del otro.

Ganan los territorios que recuperan viñedo. Ganan los consumidores que descubren lecturas nuevas. Ganan los elaboradores que pueden comparar dos vendimias, dos climas, dos culturas. Y gana el vino, que una vez más demuestra su capacidad de unir a gente separada por miles de kilómetros.

Estas siete bodegas, grupos y familias no necesitan esperar al pitido final. Llevan años demostrando que, cuando el vino se hace con respeto al origen y ganas de aprender, se puede ser campeón en los dos hemisferios.

 

Joaquín Parra, Wine Up! ©2026

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